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martes, 6 de septiembre de 2016

VII | Días Grises

VII

-Voy a por un café ahí a la esquina, ¿quieres algo? – Me preguntó Claire a mitad mañana, interrumpiendo mi relectura de The Family of Man de Edward Steichen y Carl Sandburg, uno de esos extraordinarios libros que recomendaba leer a mis alumnos en mis días de profesor.

-Eh, vale, un café, gracias. – Musité sin levantar la vista de una de esas fotografías de Cartier Bresson que se quedaban grabadas en tu memoria. Comprendí entonces lo mucho que echaba de menos aquellos tiempos en los que llevaba una cámara atada a mi piel, aquellos tiempos en los que no llevar a cuestas el aparato de un lado a otro era simplemente inviable. Suspiré con nostalgia, y decidí rescatar la cámara del cajón en el que había estado aparcada los últimos años.

-Aquí tienes tu café. – me dijo mientras lo dejaba junto a unos cuantos papeles que me faltaban por revisar.

-Gracias, Claire. – En ese momento me percaté de que su pelo rubio estaba más corto y le llegaba por los hombros, dándole un aspecto más fino y elegante. – Bonito corte de pelo, por cierto.

Noté cómo se ruborizaba ligeramente.

-Gracias, y bonita… Barba.

Me reí.
-Gracias, la verdad es que no pensaba dejármela, pero no me apetecía lo más mínimo afeitarme. Si a ti te gusta creo que me la dejaré.

Sonrió.

-Sí, siempre queda bien, sobre todo a ti que eres moreno de ojos azules…

Asentí, aunque no sabía qué tenía que ver el color de ojos en eso.

-Bueno, disfruta del café, yo voy a seguir…

De repente sonó el teléfono y la interrumpió, así que se despidió con la mano y se alejó. Bebí un rápido sorbo de café y descolgué el teléfono.

-Biblioteca St. James, ¿qué desea?

-Estoy buscando a Ewan Wilson, ¿trabaja ahí?

-Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?

-Soy el Director Anderson de la Universidad.

-¿Director Anderson? ¡Vaya, cuánto tiempo sin hablar con usted! – Sonreí con entusiasmo al evocar aquellos recuerdos. 

Pude oír una risa grave a través del interfono.

-Temía que ya no te acordaras de mí.

-Por supuesto le recuerdo, señor.

Volvió a reír.

-Estupendo. Oye, quería comentarte un asunto.

Me interesé, podía ser que requiriera mi presencia para una conferencia o algo del estilo.

-Dime.

-Ha quedado vacante una plaza de profesor en tu materia, y no se me ha ocurrido una persona mejor cualificada que tú para el puesto. Sé que es un poco precipitado, pero el caso es que si te interesa convocaríamos una reunión para discutir algunos detalles este lunes.

No supe qué contestar. Había tenido mis razones para abandonar aquel puesto la primera vez. Recordé entonces el agobio que residió en mis entrañas durante los últimos meses en los que impartí clases. Los colmillos de la ansiedad volvieron a escalar por mi garganta, dejándome sin respiración y nublando mi vista; encerrándome en un torbellino de ojos hambrientos y sudores fríos por todas partes. Empecé a hiperventilar y los temblores recorrieron mis venas por doquier…

Sólo que no fue real. No tuve un ataque de ansiedad, sólo imaginé que lo tenía.

-¿Ewan? No te preocupes si necesitas tiempo para pensártelo, en serio.

Carraspeé para ganar algo de tiempo, justo el necesario para que mi mente dejara de alucinar y empezara a plantearse aquella como una posibilidad real. No obstante, mi primera inclinación fue rechazar la oferta, casi mecánicamente:

-Señor Anderson…

-Ewan, sólo piénsalo. – Me conocía demasiado bien como para saber que no podría darle una 
respuesta sin considerar todas las posibilidades antes.

-Lo haré.

-Bien, te doy hasta el viernes para deliberar la oferta. Te enviaré el contrato esta tarde para que puedas echarle un vistazo, aunque conociéndote lo leerás al menos cien veces. Será un contrato borrador y totalmente flexible, así que no te preocupes, ¿vale? Es sólo una propuesta que me gustaría que consideraras. Ha pasado mucho tiempo, casi año y medio, las cosas pueden haber cambiado, o no. – Hizo una pausa. - Yo sólo quiero que lo pienses detenidamente. Sin presiones.

-Lo haré. – No supe qué más decirle. 

-Está bien. Espero tu llamada. Un abrazo.

-Adiós. – Colgué.

-Hey, ¿estás bien?

Al parecer Claire había estado rondando por la planta todo el tiempo, y apenas me había dado cuenta.
Al ver que no contestaba y que seguía en estado de shock, cogió una silla que había en una de las mesas de lectura y la puso junto a la mía.

-¿Ewan?

Me giré y me quedé mirándola durante un momento, parecía realmente preocupada por mí. Estaba sentada con una pierna sobre la otra y varios libros en su regazo que le faltaban por ordenar, con sus grandes ojos avellana mirándome con expresión serena pero cariñosa. Había algo en ella que me transmitía la más plena confianza, quizá era su estilo despreocupado y causal pero siempre fino y elegante, quizás era su cuerpo de niña de catorce años o quizá su sonrisa blanca y pura. No lo sabía. 
Parecía tan dispuesta a ayudarme que casi me daba pena no contarle nada, como era habitual.

-Me han ofrecido un puesto en la Universidad en la que trabajaba de profesor antes de venir aquí.

Su expresión se ensombreció, a pesar de que intentó ocultarlo.

-¿Y qué les has dicho? – Su voz sonó mucho más fría que de costumbre.

-Que lo pensaría.

-¿Puedo hacer algo?

-No hace falta que hagas nada, Claire, pero si quieres puedes ayudarme a decidir. Aunque claro, me figuro no podrías ser una persona imparcial respecto a este asunto.

-Puedo serlo.

Sonreí.

-No, no puedes. Pero gracias.

-Vamos, Ewan, hace mucho que nos conocemos y de verdad que puedo ayudarte, soy muy buena en la toma de decisiones. Y te prometo que no intentaré nada para que te quedes, aunque me gustaría. -Ahora fue ella la que sonrió.

Me rendí con un suspiro algo dramático.

-Bueno, vale.

-Pues si quieres vamos a la cafetería de la esquina cuando terminemos el turno de mañana, tiene una terraza muy chula.

Asentí.

***


Le pegué un sorbo al café mientras ella se encendía un cigarrillo. Era la primera vez que la veía fumando, y, hasta ese momento, no tenía ni la más remota idea de que lo hacía. No le pegaba nada.  

-No sabía que fumaras.

-¿Quieres uno?

-Bueno, no fumo desde que estudiaba en la universidad.

Se quedó mirándome mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla.

-Está bien, por qué no.

Me encendí el primer cigarrillo en más de siete años, y lo disfruté como solía, mientras me empapaba del entorno de aquella pequeña terraza que rozaba un estilo de lo más excéntrico y bohemio.

-Está bien este sitio. – Musité una vez escapó el humo gris atrapado tras mis dientes.

-¿No habías estado?

-No suelo ir a cafeterías.

-Yo me tomo un café aquí antes de ir a la Biblioteca todos los días.

-¿Fumas mucho?

-No, tres o cuatro cigarrillos al día. He llegado a fumar casi el triple en mis días, por lo que considero esa cantidad tan ridícula que me califico como una persona no fumadora.

-Vaya, realmente no te pega nada.

Se encogió de hombros.

-Bueno, Ewan, vayamos al grano.

Me puse algo tenso.

-¿Te interesa el puesto?

Consideré ligeramente a respuesta antes de contestar:

-Yo tuve ese puesto un día, y sí, para qué negarlo, estaba bien pagado, el ambiente era bueno y el sitio una maravilla.

-¿Por qué abandonaste?

-No fue por una razón en concreto, fue mi vida la que cambió. – Hice una pausa, meditando las palabras que diría a continuación. – Tienes que entender que para mí no era sólo un trabajo, era una inspiración para transmitir a mis alumnos aquello de lo que realmente disfrutaba: el cine y la fotografía. Estaba en mis venas la necesidad de compartir con ellos mis experiencias y aconsejarles de la mejor forma que sabía. Incentivaba mentes jóvenes y creativas para que un día llegaran a ser directores de cine o fotógrafos profesionales o cámaras o productores o realizadores o mil cosas más. Era algo realmente único que me tomaba muy en serio.

-Estoy esperando a que pongas alguna pega.

-La pega, sí. – Inspiré profundamente. – Llegó un momento en el que la presión era demasiado fuerte, en el que me agobiaba por casi cualquier cosa. Habían mentes brillantes allí dentro, Claire, y yo estaba en un momento de mi vida en el que no me sentía preparado para formarles. ¿Merecían unas mentes brillantes como las suyas, un profesor mediocre, un profesor que no pudiera aportarles nada, alguien sin ese incentivo que necesitan los alumnos para alcanzar lo que se propongan? La respuesta es no.

-Vale, entiendo tu postura, pero, ¿por qué estabas así? Tenía que haber un motivo.
Suspiré, nunca había hablado de aquellos días oscuros con nadie. Ni siquiera sabía cómo me había dejado convencer para contárselo a ella. A pesar de ello, continué:

-Sí, lo hubo. Mi madre tuvo un derrame cerebral por aquella época. Yo ya estaba mal de por sí, pero la muerte de mi madre fue como la gota que colmó el vaso. No me veía capacitado ni con las fuerzas suficientes para ponerme frente a cien personas todos los días y aparentar que no ocurría nada. Fui incapaz.

-Lo siento mucho, Ewan.

Un incómodo silencio inundó la conversación, justo hasta que el camarero llegó y nos preguntó:

-¿Queréis que os rellene el café?

-Sí, gracias. – Dijo ella con una amable sonrisa mientras el hombre nos llenó las tazas para luego irse a atender otra mesa.

-Bueno, ahora lo entiendo. Necesitabas alejarte de aquel mundo y trabajar en la tranquilidad de una Biblioteca, al menos mientras te recuperabas del choque.

-Exacto. 

Ambos tomamos un sorbo.

-¿Y volverías si supieras que todo iba a ser como al principio?

-Sin duda.

-¿Y no crees que a lo mejor ya no te afecta lo rebosante que pudiera estar ese vaso?
Me quedé replanteándome aquella pregunta trascendental durante unos segundos, mientras terminaba de consumir el cigarrillo, hasta que al final respondí:

-Es posible.

-Bueno, ahí lo tienes.

-¿El qué?

-En el fondo sabes que quieres volver, que una parte de ti lo echa de menos, por mucho que insistas en ocultarlo, y por mucho que a mí me duela… - Fue bajando el volumen de su voz mientras hablaba, de manera que la último frase no fue más que un susurro perdido en el viento.


Me impactó su sinceridad, y supe que tenía razón, supe que quizás aquel vaso repleto de agua que se desbordaba en mi interior ya no fuera tan importante al fin y al cabo. 

lunes, 25 de julio de 2016

VI | Días Grises

VI

-Bueno, pues aquí tienes. – Le dije mientras dejaba la gran caja de cartón junto a su cama. – Los 87 puzles.

Se quedó observándola durante unos segundos, hasta que replicó:

-No creo.

-¿No?

-Ahí no pueden haber 87 puzles.

-Papá, te prometo que esos eran todos los que habían en el armario del ático. Igual habían menos de los que pensabas.

Me sostuvo la mirada durante un instante, quería verme dudar, pero con el tiempo había aprendido a decir mentiras piadosas.

-Está bien. ¿Qué más tienes ahí?

Saqué el maletín de mi mochila y lo puse sobre la mesa.

-Tu tablero de ajedrez.

El viejo sonrió.

-Bueno, ¿qué? ¿Echamos una partidita?

-No puedo, papá. Tengo que volver al trabajo.

-¿Qué es eso?

-¿El qué?

Se quedó mirando fijamente un punto de brillo que procedía de mi bolsillo derecho. Joder, qué astuto era.

-No es nada. – Murmuré mientras metía la mano en el bolsillo para intentar esconderlo. – Tendrás alucinaciones.

Volvió a sonreír.

-¿Qué haces con eso?

¿Cómo podía ser tan perspicaz? Era increíble de las cosas que se daba cuenta y de las que no. Tenía ojos de lince.

-Esto es lo único que tengo de ella, ¿vale? El resto de cosas te las quedaste tú. Deja que me quede el colgante. – Le pedí casi temblando, con el colgante en la mano.

-Ven aquí, hijo.

Me acerqué lentamente a la cama, y me di cuenta de que sí que estaba temblando. Mis piernas tiritaban y sentía que aquel sudor frío me volvía a encerrar entre sus cadenas. Intenté mantener la postura una vez me senté junto a él, aunque sabía lo inútil que era, si había visto el colgante también vería el nudo que me ahogaba en aquel momento. Traté de respirar hondo mientras le sostenía la mirada a aquel viejo lince.

-Tengo todas las cosas de Iris y de tu madre guardadas en un garaje. Te dejaré la llave para que puedas ir cuando te apetezca y llevarte lo que quieras, ¿vale? – Habló con calma, cosa que agradecí.
Suspiré aliviado.

-Gracias, papá.

-Si no te lo había dicho antes era porque no habías venido.

-Lo sé.

-Bien, ahora déjamelo ver.

Le tendí el pequeño colgante de plata y lo puso entre sus manos. Un dolido silencio se propagó por la habitación durante unos instantes de reflexión. Ambos nos quedamos hipnotizados, con la mirada fija en el colgante, abstraídos de toda vida y hundidos en nuestra propia nostalgia, hasta que preguntó:

-¿Cuántos años han pasado?

-Quince.

Asintió lentamente, me devolvió el colgante con decisión y sonrió.

-Guárdalo bien.

-Lo haré.

***


Una vez en casa, paseé intranquilo hasta mi habitación y me senté con las piernas cruzadas frente al imponente armario de madera blanca. Abrí con cuidado el cajón más bajo, aquel que menos destacaba de toda la estancia, el único que no estaba lleno de ropa u objetos con apenas utilidad. Aquel que nunca se abría. Aquel cajón que metafóricamente ocupaba el lugar de baúl de recuerdos.
Cogí aire y me decidí a abrirlo después de casi cinco años cerrado. Al hacerlo sentí que se reabría una herida profunda que llevaba muchos años cerrada, aquella herida que traté de cubrir con todos los muros de piedra que pude, pero que nunca conseguí tapar del todo.

Allí se encontraban todas aquellas cosas que Iris hizo para mí, todas aquellas cosas que compartíamos  juntos, cosas que nos encontramos por el camino: dibujos, cartas, algunas fotos en marcos hechos por ella, varias rocas extrañas y conchas de playas desiertas, y, sobre todo, ahí estaban todos esos libros que alguna vez me regaló, que alguna vez me dijo que debía leer porque cambiarían mi vida. Siempre fue muy entusiasta, y yo siempre la quise por ello.


Puse cuidadosamente el colgante de media luna en el interior del cajón, junto al bote de cristal lleno de conchas. Me pareció el sitio idóneo en el que dejarlo. 

jueves, 7 de julio de 2016

V | Días Grises

V

-Oh, muy buena elección. Pues el que buscas está en la categoría de historia de la tercera planta. Verás la entrada enseguida, aunque creo recordar que era uno de los pasillos de la izquierda, y el código es HM. – Sonreí, no porque estuviese contento especialmente, sino para causar buena impresión, algo que Claire me había estado enseñando con el tiempo. 

-Vale, gracias. – Me dijo el chico mientras se daba la vuelta y se dirigía a la tercera planta en busca de su libro.

Justo en aquel momento, mientras observaba el pasillo central de la biblioteca, repleto de mesas para estudiantes, estanterías empotradas con los libros más básicos y algún que otro ordenador, me di cuenta de que aquel mundo de mis sueños se introducía cada vez más en la cotidianidad de mi vida. Torrentes de pensamientos extraños, oscuros e irreales que se desmontaban, que caían por las profundidades de mi mente. Que me acorralaban. Pensamientos sobre situaciones, personas y objetos inexistentes que seguían atropellándome día tras día. La obsesión era tal que sólo quería que llegara la noche para poder ver cómo iba a continuar aquella historia, para conocer otro de sus fragmentos, para poder cambiar aquel destino fatal de esa realidad alternativa…

Entonces sonó el teléfono, ayudándome a salir de aquel bucle infinito.

-¿Sí?

-Te quería pedir una cosa, hijo. Anoche se me olvidó.

-¿Papá? ¿Qué pasa?

-Nada, nada. Sólo quería que te pasaras por casa y me trajeras un par de cosas.

-Ah, vale. ¿Qué necesitas?

-A ver, ¿recuerdas aquel armario del desván que está lleno de trastos?

-Sí.

-Ahí tengo guardados mis puzles, quiero que me los traigas todos.

Desde que era niño mi viejo padre siempre había tenido una obsesión con los rompecabezas, sentía la necesidad de resolverlos y poner a prueba a su intelecto continuamente. Pero lo que más le atraían eran los puzles, le embelesaban todos esos trozos desordenados de una misma calcomanía que debía completar, como tramos separados de un mismo enigma, de un acertijo del que conocía la respuesta, pero no la pregunta. Llegó a tener miles de piezas sueltas por todos los rincones de la casa, clasificando las habitaciones por colores diferentes. Su testarudez y fascinación por ellos terminó propagándose por todos mis años de adolescencia, era tal que en ocasiones el poder cruzar de una habitación a otra se convertía en un atrevido esfuerzo por no toparse con piezas sueltas tiradas por el suelo.

-¿Qué? Pero si tenías como un millón de puzles, papá, ¿para qué los quieres en la residencia, de todas formas?

-Quiero terminarlos antes de morir. – Hizo una pequeña pausa, intentaba darme pena o algo del estilo. Qué bueno era. -Y no tengo un millón de puzles, sólo 87, ¿vale? Ah, y por cierto, hay muchos que están a medio hacer, ten cuidado de no desmontarlos.

-¿Esto va en serio?

-¿Por qué no iba a ir en serio?

Suspiré.

-Bueno, como quieras. ¿Algo más? – Pregunté con tono sarcástico, como si 87 puzles no fueran suficientes.

-Sí, una cosa más, quiero que me traigas mi tablero de ajedrez.

Puse los ojos en blanco, me agotaba.

-Tu tablero de ajedrez, claro, que estaba…

-En el cajón de mi mesita de noche. En el mío, no en el de tu madre. No abras el cajón de tu madre.

Se me escapó una risita.

-¿Por qué?

-Porque no. No querrás encontrarte con cosas obscenas que…

-Vale, no digas ni una palabra más. Te lo llevaré todo esta tarde, ¿de acuerdo?

-Vale, gracias, hijo. Sigues teniendo la llave, ¿no?

-Sí, aun la tengo.

Colgó.

***

Suspiré con anhelo una vez tuve aquella gran casa frente a mí. Aquel gran baúl de recuerdos que hacía un año que no visitaba, pero más de diez que no dormía entre sus sábanas. Inspiré profundamente, intentando cautivar el olor de aquel que había sido mi hogar durante tantos inviernos, y, sin apenas ser consciente de ello, un par de lágrimas amargas surcaron mis mejillas mientras recorría con pesadez el solitario pasillo de arriba.

Acaricié con la punta de mis dedos aquellas paredes rotas, hechas añicos, descompuestas y olvidadas, traicionadas por la sombra de un pasado manchado de sangre. Pasé junto a mi antigua habitación, cuya puerta estaba cerrada, aunque preferí no entrar, para no mancillar la imagen que tenía de ella en mi cabeza y en mis sueños, puesto que sabía lo mucho que habría cambiado desde la última vez que la vi. Seguí avanzando pasillo arriba, hasta que llegué al cuarto de mis padres. El chirrido de la puerta al entrar evocó en mí una nostalgia de lo más esperada, el recuerdo de aquel insignificante sonido que siempre estuvo ahí, pero que ahora ya no estaba. Como muchas otras cosas.

Entré despacio en la habitación, esperando encontrármela como la última vez, aunque no fue así: no había sábanas acompañando a la cama, sino un triste colchón vacío; no había ropa en los armarios, sino un hueco de madera; no había cortinas colgadas junto a la ventana, ni tampoco estaban todas esas cosas que tenían las mujeres y hacían que un cuarto pareciera mucho más vivo, no estaban ni siquiera aquellos cuadros que mamá pintó durante aquel verano azul. Lo único que quedaba eran algunas cajas, tiradas fortuitamente sobre el suelo negro, cajas de cartón cargadas de cosas que mi viejo padre todavía no se había llevado a la residencia.

Arrastré mis pies por los pedazos de aquella habitación infestada de memorias cautivas en algún lugar de mi mente que no me apetecía descubrir, hasta que llegué a la mesita de noche de mi viejo padre. Me senté sobre el colchón y, con toda la calma que me permití, abrí el primer cajón y saqué un pequeño maletín de madera en el que se encontraba su preciado tablero de ajedrez. Aquel maldito tablero que tantas tardes de verano nos había acompañado a mi viejo y a mí, pero que me había ayudado a entrenar mis capacidades lógicas y había acabado convirtiéndose en una de mis aficiones preferidas. Cargué el tablero en mi mochila, cogí una de las cajas vacías del suelo y salí de la habitación sin entretenerme más tiempo.

Me deslicé por el pasillo hasta posicionarme justo bajo de la entrada del ático. Me puse de puntillas para poder llegar a la cuerda que colgaba del  techo, tiré de ella hasta que cedió y la escalera se abrió ante mí, invitándome a subir.

Las grandes cantidades de polvo de la estancia me hicieron toser repetidas veces y me obligaron a cubrirme la parte inferior de la cara con la camisa. Me aproximé rápidamente a aquel armario empotrado lleno de trastos, empecé a coger todos los puzles que veía y a meterlos en la caja de cartón. No me preocupé de no poder llevarme los 87 puzles que me había pedido mi viejo, porque tenía claro que sólo me llevaría los que cupiesen en aquella gran caja. El resto se quedarían ahí cogiendo polvo durante algunos años más.

Me apresuré en salir de aquella casa lo antes posible, sin embargo, justo al tiempo en que me dirigía hacia las escaleras que me llevarían al piso inferior, algo llamó mi atención: la puerta de su habitación estaba entreabierta. Me pregunté por qué era la suya la única que permanecía entreabierta, cuando el resto estaban cerradas. Lo intenté, pero no pude resistirme echar una hojeada en su interior. A pesar de que habían pasado casi quince años, su olor a vainilla seguía impregnando la energía de aquel lugar. Seguía quedando esa pequeña parte de su ser que convertía aquella habitación en algo simplemente mágico y cautivador, como siempre había sido y siempre sería.

Después de todos esos años sin atreverme a entrar en las profundidades de aquella habitación sentí que había encogido, que los muebles eran más pequeños y que el color violeta que antaño decoraba las paredes se estaba cayendo a pedazos.

Me senté con pesadez sobre el colchón y traté de recuperar el aire que me faltaba mientras me agarraba con fuerza a los bordes de la cama. Aquel que había sido un intento por ocultar el dolor corrompido de una pérdida, había supuesto en mí la terrible caída al mundo real, a la verdad sin ningún tipo de antifaz. Pues fue allí donde pereció, donde su alma marchó del revés por las comarcas de los días. Intenté repasar aquella última vez en que la encontré aquí, pero no pude. Simplemente no pude.

Justo en ese momento, cuando me estaba ahogando poco a poco en ese mar tan doliente, cuando me estaba desinhibiendo de todo cuanto creía conocer, me fijé en aquel que había sido su colgante brillando bajo la luz anaranjada que invadía todo aquello que quedaba. A pesar de los pocos objetos que todavía seguían allí, ese colgante de media luna continuaba sobre su mesilla de noche, tal y como solía. Lo cogí con ambas manos y me quedé observándolo durante un rato: quizás un minuto, quizá toda una vida.


Una vez que desperté de aquel estado mental, enrollé el colgante y me lo guardé en el bolsillo derecho, a salvo del exterior. 

jueves, 23 de junio de 2016

IV | Días Grises

IV

La bayeta rozó suavemente la mesa del despacho por quinta vez, aunque, para variar, lo hizo en dirección opuesta. Segundos después me di cuenta del error que acababa de cometer, y me apresuré a restregar el trapo hacia el lado correcto, borrando todas las huellas de agua irregulares que quedaran sobre la mesa. Pasé la bayeta otras cinco veces para recuperar las anteriores, y una vez mi histeria quebró y la mesa de cristal resplandeció ante la tenue luz azulada que arañaba la ventana, decidí dejar de limpiar y empezar a organizar.

Mientras colocaba cada objeto en su orden establecido, comencé a imaginarme organizando todas esas cajas de pensamientos que tenía escondidas en algún rincón de mi mente, posicionándolas una tras otra y separándolas a una distancia prudente, pero siempre perfectamente alineada y simétrica entre unas cajas y otras. Me visualicé ordenándolas según su importancia dentro de mi vida, según su relevancia en el tiempo presente, dejando de lado los recuerdos pasados y las suposiciones futuras. 

Una vez estuvo todo colocado a la perfección, me di cuenta de que seguía habiendo algo que me molestaba profundamente. Algo no estaba bien. Algo no encajaba en la fila de pensamientos que acababa de tejer en el interior de mi mente. Paseé arriba y abajo, revisando todos y cada uno de esos agujeros que contenían partes diferentes de mí, mis pasiones y mis secretos, mis miedos y obsesiones, mis gustos y simpatías, mis objetivos y necesidades, mis pesadillas e ilusiones, hasta incluso aquellas otras cajas que prefería no abrir por miedo a lo que pudiera encontrar. Paseé arriba y abajo una y otra vez, hasta que lo vi: ahí estaban, flotando en el aire todos esos pensamientos sobre los que todavía no había tomado una decisión. Había muchos, diría que cientos de ellos, que adornaban los altos techos de mi mente. Estiré la mano con intención de agarrarme a uno, el primero que se acercó un poco a mí: “Visita al viejo padre antes de que sea tarde”, fue lo que pude leer durante el tiempo en el que lo retuve ante mí.

Volví a la realidad: al parecer había terminado de limpiar el despacho. Aunque nunca sentía que estuviera lo suficientemente limpio. Siempre podía estar más limpio, me dije. Aunque aquel pensamiento sobre mi viejo padre me distrajo y me impidió el volver a repasar la suciedad que pudiese quedar en alguno de esos objetos.

Me senté en una de las butacas color vino que había junto a las estanterías rebosantes de libros y me quedé allí durante unos segundos de reflexión, inhalando el olor resultante de los productos de limpieza que acababa de utilizar. Finalmente me decidí: cogí el teléfono que descansaba sobre la mesilla de roble que había junto a mí y marqué el número de la residencia. Una suave voz femenina me dijo muy amablemente que los pacientes acababan de cenar, y que tendría que darme prisa si quería encontrar despierto a mi viejo padre.

Cuando me dijo aquello sabía lo improbable que era que llegara a tiempo para poder verle, pues yo sabía que tenía un sueño muy largo y profundo, tanto, que no despertaría ni aunque hubiera un terremoto justo bajo su cama. Así era él. De todas formas, me dije a mí mismo que no perdía nada por intentarlo, así que me fui lo más rápido que pude.

Una vez me aproximaba a su habitación, la cual recordaba exactamente dónde estaba (tercer piso, segundo pasillo a la derecha), empecé a sudar. Era un sudor frío que solía recorrer mi espalda siempre que los nervios me atormentaban, y justo en ese instante fueron tan intensos que quise darme la vuelta y marcharme por donde había venido. Pero no lo hice. Había pasado un año, se lo debía a él y a mí.

Me paré en seco justo antes de entrar en su habitación y comprobar si seguía despierto. Cerré los ojos y respiré hondo un par de veces, preguntándome qué pensaba decirle al pobre viejo después de tanto tiempo. Una culpa irrefutable empezó a escalar por mi espina dorsal, y entonces llegó el tan esperado arrepentimiento dominado por el pensamiento de que debí haber venido antes. Solté el aire que había estado acumulando y me forcé a entrar en la habitación, antes de que esos pensamientos me arrastraran de nuevo hacia la puerta de salida.

Y sí, tal y como había previsto, ahí estaba él, roncando como si no hubiera un mañana. Suspiré de impotencia justo cuando el aura oscura y enferma de la habitación se cernió sobre mi piel. Me sentía mal. Casi percibí el veneno inyectándose en mis venas sólo por el hecho de encontrarme en aquella sala. Me obligué a dejar de pensar en ello y sentarme junto a él en una de las butacas que había al lado de la cama.

Las arrugas de su frente parecían tener muchas historias que contar, al igual que esas ojeras kilométricas que nunca dejaban de asombrarme. Me costó trabajo reconocerlo, pues hacía un año que no lo veía más que en mis sueños, donde era, además de mucho más joven, más delgado y pálido que de costumbre.

Mi pobre viejo padre, ahí tumbado. Parecía tan indefenso, incluso seguía manteniendo su costumbre de taparse todo el cuerpo excepto los pies, que asomaban divertidos en el borde de la cama. Aparentaba marchito, casi consumido, deteriorado por el inevitable paso de los años.

Una tristeza del todo inesperada se extendió sobre mí al darme cuenta de lo pequeño que parecía en aquella posición, casi me costaba creer que aquel había sido el padre que tantas veces me había gritado por esconder a chicas en mi habitación. No, en realidad nunca me gritó por cosas como aquellas, aunque me habría gustado ser esa clase de persona durante un tiempo. Si me gritaba era por estar ausente, con la mente constantemente encerrada en algún libro, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a mí alrededor. Me gritaba por aquella molesta costumbre adolescente de ignorar a todo el mundo. Me gritaba por pelearme con ella, o por no hacerlo. Me gritaba muchas veces sólo por el mero hecho de existir. Se divertía intimidándome con los futuros alternativos que creábamos juntos, en los que la mayoría de las veces la sociedad acababa desapareciendo o dividiéndose o luchando por la supervivencia. O extinguiéndose.

En ese momento recordé sus duras palabras sobre la Gran Extinción en el universo de mis sueños, y poco a poco me dejé llevar por aquel difuso recuerdo. Cerré los ojos y casi sin darme cuenta…

…Los insoportables tintes azulados y grises se habían propagado ya por todos los rincones del planeta. Era como si todo fuese a terminar en unos años. Como si todo y todos fuesen a desaparecer.
Esos eran algunos de los pensamientos que sobrevolaban mi mente mientras contemplaba desde un banco aquella avenida totalmente vacía, cuando solía estar a rebosar de gente. Gente que paseaba, gente que hacía ejercicio, gente con sus familias o sus mascotas. Esa gente que iba y venía. Gente con un propósito: llegar a un lugar. Sí, antes había gente. ¿Dónde estaba toda esa gente? En fin, tampoco es que me importara, de hecho, me gustaba bastante estar solo, simplemente me extrañaba encontrarme sin compañía en un lugar tan popular como aquella avenida, casi la más grande de la ciudad.

Después de un rato, unas palomas aparecieron en mi campo de visión, aunque no parecían las típicas palomas que vuelan y se asustan de los pasos de la gente. Eran palomas diferentes. Estas no volaban, avanzaban por el suelo con sus pequeñas patitas e iban mucho más lentas que las palomas normales. Parecían incluso cansadas, como si les costara moverse. Suspiré, supuse que aquello de la Gran Extinción de lo que mi viejo hablaba hacía unos meses también afectaba a los animales.

Pensar en ello me entristecía. Pensar en que no había nada realmente que pudiera hacer para lidiar con aquella locura, simplemente podía conmigo. Empezaba a sentirme tan mal como cuando ella estaba en camino de irse, cuando le quedaban esos pocos días de dolor. No podía soportar ver cómo esas palomas intentaban alzar las alas para volar pero no podían, me mataba observar que carecían de las fuerzas necesarias para marcharse volando de aquel sitio inaudito. Era exasperante…

…-¿Hijo? ¿Qué estás haciendo aquí? – Escuché a lo lejos el eco de la voz de mi padre llamándome, aunque yo todavía estaba a medio camino de la consciencia total.  

Abrí los ojos y ahí estaba él, observándome intranquilo, aunque feliz.

-Papá, hola. Me he dormido. – Murmuré mientras me restregaba los ojos con las manos intentando acabar de despertarme. A pesar de saber que no había sido real, aquel sueño me había apenado mucho.

-Ya veo, ya. – Su voz sonaba más grave de lo que recordaba.

No podía dejar de pensar en esas palomas, deseaba poder volver a aquel mundo para ayudarlas a levantar el vuelo, para ayudarlas a llegar a su destino.

-¿Qué hora es? – Pregunté al cabo de unos minutos de reflexión.

-Las tres y media de la mañana.

-Joder.

-No digas palabrotas.

-Perdona.

-Bueno, dime, ¿cómo estás, chico? Hacia como cincuenta años que no te veía. – No se le daba muy bien bromear y, cuando lo hacía, generalmente ni siquiera se daba cuenta de que había hecho una broma, ya que decía las cosas en serio, por muy atroces que resultaran.

-Ha pasado un año, papá.

-Ajá.

-En fin, bien, todo va bien. Sigo… Sigo trabajando en la biblioteca, ya sabes, ordeno los libros, ayudo a la gente a buscar alguno que otro, a veces me quedo en los ordenadores durante horas y sin darme cuenta se me pasa la tarde, me pongo a leer o me siento en el mostrador a atender dudas. También paso el rato con la asistente, Claire, a veces. No muchas veces, ya que no tenemos muchos temas de qué hablar, a ella le va más el pop y yo tengo unos gustos algo alternativos. Y…

-Ewan. – Mi tendencia a hablar más de la cuenta seguía estando presente en mí desde que era niño, aunque había aprendido a vivir con ello. Era, al fin y al cabo, algo que me caracterizaba.

-Ah, sí, y Buffy está bien. – Terminé.

-¿Buffy?

-Sí, Buffy, mi gata, ya sabes. Esa bola de pelo blanca y gris que no deja de ensuciarme las sábanas.

-Tienes más de treinta años, Ewan, ¿Cuándo te vas a poner a buscar a la chica?

-¿La chica?

-Sí, hombre, la chica, esa chica que fue hecha para ti.

-No creo que exista tal cosa.

-¿El qué? ¿Las chicas? – A veces me agotaba tener que explicárselo todo.

-No creo que haya una chica que esté hecha para mí, ni un chico, ni nada.

-¿Un chico?

-No, una chica, si existiera esa persona tendría un sexo opuesto al mío, ¿de acuerdo? Pero no la hay.

-¿Qué?

Suspiré.

-Decía que yo no creo en esas cosas. No creo que haya alguien para cada persona que esté con ella para el resto su vida. No creo que exista tal cosa. Las almas gemelas o como quieras llamarlo, ¿sabes? Por supuesto que hay quien encuentra a alguien con quien compartir su vida, y me alegro por esas parejas que lo consiguen. De verdad. Es sólo que no creo que exista alguien así para mí, ¿entiendes?

Se quedó callado un segundo, luego asintió y dijo:

-Entonces morirás solo. Quieres morir solo, ¿no?

Por extraño que parezca, había echado de menos esos comentarios crueles tan típicos suyos.

-No, no me refería… ¿Sabes qué? No importa.

Se recolocó sobre la cama, intentando encontrar una posición cómoda con la que poder seguir tumbado mientras conversaba conmigo.

-Bueno, ¿y tú? ¿Cómo estás, papá?

-Pues cada día más viejo, hijo.


Ambos sonreímos.